martes, 10 de marzo de 2015

LOS PODERES DE DULZURA

En una noche oscura y sin brillo por la presencia de las nubes, pero ruidosa por el estruendo de los rayos y con la presencia de un fuerte aguacero, mientras estoy apoyado en el marco de la ventana viendo llover, recuerdo con nostalgia un cuento que inicia con una mujer llamada Perpetua, quién tenía dos hijos: uno de diez años, llamado Sol, y una hija de tres años, que se llamaba Luna.

Un día, poco antes que naciera Luna, su esposo llamado Próspero, que era muy buen mozo, acuerpado y admirado por las mujeres, trabajador y honrado, había partido para vender una vaca gorda a la que todos llamaban con cariño "dulzura", en la feria del progreso que se estaba realizando cerca a su casa y desde entonces no se supo más de él.

A la vaca "dulzura" no la vendió, pues volvió solita a la casa al día siguiente: tenía un lazo enredado en los cachos y estaba muy mojada, lo que hizo pensar a todos que, al querer atravesar el río, las aguas turbulentas y furiosas habían arrastrado al animal y que el marido de Perpetua, al tirarle un lazo para tratar de salvarla, también se había caído al río y se había ahogado. Fueron muchos los amigos de la familia, voluntarios y autoridades municipales que buscaron su cuerpo y el de su caballo, sin encontrar nada; pero, algunos días después, unos trabajadores dijeron que habían visto a Próspero cuando pasaba a caballo y llevaba en ancas a una mujer que vivía sola en un rancho, cerquita del río, y a quién todo el mundo conocía por el apodo de "la bruja Alegría", porque decían que tenía relaciones amorosas con el demonio y los dioses del mal, ya que cada noche se oían fuertes alborotos, cantos de alegría y satisfacción en su rancho.

La gente creyó, pues, que Próspero y Alegría se habían unido para compartir sus vidas juntos, porque precisamente desde ese mismo día, que los habían visto por última vez, ellos desaparecieron hasta el sol de hoy. A pesar de todo lo que se le decía, Perpetua no quiso nunca creer que su Próspero, se le había ido, abandonando su familia por otra mujer; pero como el marido no volvió, ni se encontró rastro de él, tuvo que conformarse con toda la historia que le habían contado. Ella era de un pequeño pueblo cercano llamado Misterio y sintió ganas de volver allá con sus hijos, procediendo a vender algunas tierras que tenía y los pocos animales que le quedaban; pero guardó la vaca "dulzura" que había vuelto a la casa, y a la cual querían mucho, porque decía que cuando el animal miraba, parecía que tenía la mirada de la gente cuando hablan, además, su leche era muy abundante y muy rica para la alimentación de su hija Luna.

Con la plata que logró reunir con lo que había vendido, Perpetua compró un ranchito un poco más allá del pueblo Misterio, a poca distancia del mar. Como no tenía mucha plata, recogía mariscos que le servían para preparar la comida, y con la leche de la vaca "dulzura" hacía riquísimos quesos. Su hijo Sol ayudaba a su madre en los quehaceres de la casa y cuidaba de su hermanita a quien adoraba.

Un día que la madre había salido para ir al pueblo Misterio a comprar algunas provisiones y visitar algunos parientes que hacía tiempo no veía, el muchacho Sol se quedó sólo con su hermana Luna y pensó bañarla en el mar, como lo había hecho ya varias veces, entonces la tomó en sus brazos y entró al agua, entreteniéndose y jugando con ella, haciendo como si la tiraba al mar, cuando de repente, vino una ola inmensa que lo tiró boca abajo y lo envolvió. Cuando el muchacho Sol se incorporó nuevamente, no supo lo que estaba pasando, porque se levantó aturdido y medio ahogado por toda el agua que había tragado involuntariamente y lanzó un grito de desesperación porque Luna había desaparecido. Estuvo nadando de aquí y de allá, sumergiéndose en el agua una y otra vez, el pobre niño buscó a su hermanita; pero no la pudo encontrar. Ya desesperado y loco de dolor, salió a la orilla y se dejó caer sollozando sobre la arena.

En este momento, oyó una voz que le hablaba. Levantó la cabeza y vio a la vaca "dulzura", que le hablaba como si fuera gente y mencionó: eso sabía yo que había de suceder -dijo la vaca-. Lo mismo sucedió con tu padre, al pasar el río. La mala mujer que lo perseguía era la bruja Alegría, emparentada con el genio de las aguas, y fue por arte suyo que tu padre se perdió. Ahora se ha llevado a Luna, y muy pronto te tocará a ti, si no haces lo que te voy a decir.
-Y que he de hacer? -preguntó el niño, admirado de oír hablar a una vaca.
Has de matarme y desollarme, luego que me hayas sacado el cuero lo tirarás al mar. Te pondrás encima del, como si fuera un bote y te agarrarás bien de la cola. Si te vieras en algún momento de peligro arranca un pelo de mi cola, el cual, te servirá para que te salves porque tengo poderes especiales. No olvides sacarme los ojos, y llevarlos en tu bolsillo, ellos son virtud y te permitirán ver a través de las aguas, de la tierra, de las montañas o de las paredes.

El muchacho Sol corrió al rancho, cogió un cuchillo bien afilado y con él mató a la vaca "dulzura", la cual descueró; le sacó los ojos y se los puso en el bolsillo. Apenas el cuero fue echado al mar y el niño estuvo sentado encima, empezó a nadar, alejándose de la orilla y metiéndose mar adentro. Como ya estaba bastante lejos, de repente fue rodeado por pescados grandes, que se pegaban de las patas de la vaca, impidiéndole que nadara y trataban de arrastrarla al fondo del mar.

El muchacho Sol, acordándose de lo que la vaca "dulzura" le había dicho, arrancó un pelo de la cola, y éste, de forma inmediata, se convirtió en un pesado remo, con el cual el muchacho dio golpes sobre los pescados, que caían muertos en el mar. Sólo quedaba uno, el más grande. Joaquín levantó el remo y le dio un golpe tan feroz que el remo se partió y cayó al mar junto al pescado grande y también desapareció.

La noche llegó muy pronto, oscura y triste, y el niño ya no veía nada y sacó de su bolsillo un ojo de la vaca y se sirvió de él como de un anteojo para mirar si no había algún peligro. Pudo ver hasta el fondo del mar: las rocas, los pescados grandes y chicos, los monstruos marinos, buques que se habían hundido; pero no vio nada que le viniera en contra. Guardó el ojo en el bolsillo y siguió navegando toda la noche.

Al amanecer una gran bandada de pájaros negros, más grandes que un cóndor, aparecieron volando sobre la cabeza del niño, y poco a poco bajaron para posarse sobre el cuero. Parecían muy pesados, y Sol comprendió que podría ser arrastrado al fondo del mar. Rápidamente volvió a arrancar un pelo de la cola y se transformó en una escopeta cargada, con la cual disparó y mató una buena cantidad de pájaros, que cayeron al agua, mientras que, asustados, los otros huyeron volando y haciendo mucha bulla. Como algunos estaban heridos, el agua del mar, estaba colorada por la mucha sangre que habían perdido.

El cuero de la vaca "dulzura" siguió navegando un par de horas más, cuando el muchacho divisó a unas grandes cosas blancas que brillaban al sol y parecían piedras que flotaban. Eran trozos de hielo, que muy pronto los rodearon, cerrándole el camino. El muchacho Son se vio perdido y tal fue su precipitación, que casi arrancó toda la borla de pelos de la cola de la vaca. Ya sólo quedaron algunos. Los tiró sobre el hielo y el pelo empezó a arder y al calor producido, todo el hielo se derritió y el cuero se vio libre otra vez para seguir su camino.

De vez en cuando, el muchacho Son se servía de los ojos de la vaca "dulzura" para observar lo que ocurría a su alrededor, hasta que por fin, divisó una pequeña isla sobre la cual había un castillo antiguo rodeado de murallas tan altas como la cordillera y por alguna razón, pensó que tal vez su hermanita estaría adentro.

Cuando el cuero de la vaca "dulzura" llegó cerca de las murallas, el muchacho Sol miró con sus anteojos y pudo ver a través de las paredes de la muralla una sala muy grande. En el medio había una columna de mármol negro, a la cual un hombre estaba amarrado por una gruesa cadena y cerca del hombre había un brasero lleno de carbones encendidos y, arrodillada delante del brasero, una mujer que el muchacho reconoció por ser la bruja Alegría que, según decían, había enredado a su padre. De una mano sujetaba a una niña y en la otra tenía un gran cuchillo con el cual se preparaba a degollarla. La mujer parecía hablarle al hombre que estaba amarrado y él siempre tenía la cabeza vuelta por el otro lado, como si no quisiera ver lo que la mujer iba a hacer.

Sin perder un momento, el muchacho Sol sacó los pocos pelos que quedaban todavía a la cola de la vaca "dulzura" y los puso en su bolsillo. Azotando un pelo contra la alta muralla del castillo y como acto de magia tuvo una escalera tan alta que parecía poder alcanzar hasta el mismo cielo. El niño subió y llegó a una ventana de la sala donde estaba la mujer. De un salto, cayó cerca del brasero y derribó a la mujer, arrancándole el cuchillo. Al ruido que hizo, el hombre amarrado volvió la cabeza y el muchacho reconoció a su padre, tan pálido y tan flaco, que parecía un esqueleto.

La mujer con la niña habían rodado por el suelo. Algunos pelos de la cola, transformados en cordeles, sirvieron para amarrar a la bruja. El valiente muchacho recogió a su inocente hermanita para luego correr a desatar a su padre, que se echó llorando a sus brazos, cubriendo de besos a sus dos hijos.

La bruja Alegría, bien amarrada, estaba tendida en el suelo, lanzando gritos y blasfemias. El muchacho Sol, que había entregado la niña a su padre, no la perdía de vista y notó que la bruja Alegría trataba, arrastrándose, de acercarse a la columna de mármol negro. Maliciando que tal vez tendría algún medio de salir por ella, sacó un ojo de la vaca "dulzura" y empezó a mirar la columna. Vaya sorpresa que se llevó cuando vio que ésta era hueca y que en ella había una escalera que bajaba a un subterráneo. Descubrió la puerta, que el brasero ocultaba, y entonces la abrió. Cogiendo a la bruja, la lanzó con todas sus fuerzas escaleras abajo, durante largo tiempo se oyó el ruido que hacía mientras rodaba y al rato después, se escuchó un grito, y nada más.

El muchacho Sol, con su padre Próspero y la niña Luna, bajaron despacio la larga escalera y llegaron hasta un subterráneo en el cual había grandes cajones llenos de monedas de oro y piedras preciosas, que parecían el tesoro escondido de un gran pirata, observando el cuerpo de la bruja Alegría, hecho tortilla, estaba al pie de la escalera, ahí lo dejaron y ellos se llenaron los bolsillos de oro, perlas y diamantes. Después, siguiendo un camino subterráneo, llegaron al pie de la alta muralla a orillas del mar, donde pensaban encontrar de nuevo al cuero de vaca "dulzura" y embarcarse en él, pero el cuero había desaparecido, y en su lugar había un bonito buque, que se balanceaba sobre las aguas. Se embarcaron en él, y el buque empezó a navegar tripulado por seres invisibles. Rendidos de cansancio, el muchacho y su padre se durmieron profundamente y no despertaron hasta que el buque se detuvo en la pequeña playa que estaba enfrente del ranchito.

Perpetua estaba a orillas del mar, así que pudo presenciar la llegada del misterioso buque y el desembarco de su perdido esposo Próspero con sus queridos hijos. Se abrazaron todos, llorando de emoción. El marido contó todos los detalles de la historia de cómo, yendo él hacia la feria del progreso, la mala mujer le había pedido que la llevara en ancas para atravesar el río, y de cómo, apenitas estaban en medio del agua, ella había dicho algunas palabras muy raras y confusas. El caballo se hundió en las aguas y había sido transportado al castillo de la isla misteriosa. Desde entonces, el hombre había pasado amarrado porque no había querido casarse y acceder a todas las pretensiones de la bruja Alegría, que estaba muy enamorada de Próspero desde hacía mucho tiempo atrás.

Mientras que su padre contaba su historia, su hijo Son caminaba pensativo, recorriendo la playa. De repente, vio el cuero de la vaca "dulzura", que las olas habían arrojado sobre la arena. Estaba cerca del montón de carne y huesos que el muchacho había matado y que nadie había tocado. El muchacho Sol pensó enterrarlo todo y, extendiendo bien el cuero, puso adentro los huesos y la carne. Puso también los ojos, que tenía en el bolsillo, e hizo un gran atajo amarrado con todo. En esto se encontró todavía un pelo de la cola, que había quedado en su bolsillo. Encendió un fósforo para quemarlo; pero al arder el pelo le quemó los dedos, así que lo soltó. El pelo cayó sobre el cuero, y en un dos por tres la vaca "dulzura" se levantó sana y gorda como antes y caminó hacia el rancho.

El muchacho estaba como quien ve visiones. Llamó a su padre y a su madre, a quienes había contado lo de la vaca "dulzura". Al verla todavía viva, comprendieron que era un milagro de la Providencia y dieron gracias al cielo por el favor que les había hecho, según sus creencias religiosas. Con una porción de las riquezas que habían traído del subterráneo, el padre de Son compró una hermosa tierra, animales y todo lo necesario y se hizo rico, porque le fue bien con las cosechas y todos vivieron felices hasta la hora de su muerte.


Mientras tanto, la tormenta de esta noche ya pasó, desconociendo cuanto tiempo permanecí apoyado en la ventana mientras recordaba el relato y ahora mismo recuerdo que tengo unas diligencias pendientes por hacer, y este cuento se acabó, porque el viento se lo llevó. Cuando vuelva a llover, lo volveré a recordar para dedicar tiempo a mi imaginación.