martes, 4 de noviembre de 2014

BARRACAS EN SOMORROSTRO

Es la historia de Antonio Martínez Patiño (Español), que cierra los ojos y ve la Barcelona de los años cincuenta: las torres Mapfre no existen y el Hospital del Mar se conoce como el  Hospital de Infecciosos. A su alrededor, se alzan barracas hechas con tablas, cartones, barro y latas que el mar arrastra cada vez que quiere. El lugar también sirve como vertedero  de residuos industriales, de manera que los malos olores y las enfermedades están a la orden del día.

Estamos en el Somorrostro, el barrio al que llegan las familias inmigrantes y gitanas provenientes de diferentes regiones de España. “Cuando vi aquello se me cayó el alma al suelo“

Aquí no hay espacio para las lamentaciones, sólo para sobrevivir con los trabajos que se  puedan conquistar en una Barcelona creciente e industrializada.

“Mi hermana tenía una barraca buena 
con dos habitaciones y comedor, 
pero aún así a mí se me cayó 
el alma cuando vi cómo vivía. 
Tanta pobreza, tanta miseria, tanto lodo… 
cuando conocí el Somorrostro 
estuve a punto de devolverme a mi pueblo”.

Pero Antonio no se iba a marchar tan pronto. Para él era más importante asumir el reto que lo había traído desde la Alberca de Záncara (Cuenca) y labrarse un futuro en Barcelona. Esta ciudad prometía dinero a quien estuviera dispuesto a trabajar y él estaba más que listo.

Claro que antes de aventurarse, todo el que llegaba debía superar el interrogatorio de la Policía en la Estación de Francia. Si no demostraba que tenía trabajo y vivienda, el migrante era llevado al Palacio de las Misiones de Montjuïc. El lugar, muy cerca del Palacete Albéniz, estaba bastante alejado de la mirada de los barceloneses. De hecho, muy pocos sabían de su existencia. Pero los migrantes sí: ellos sabían que si terminaban durmiendo allí, sólo saldrían para ser deportados a sus regiones de origen.

“Venía muy asustado en el tren porque nunca había salido de mi pueblo y tenía mucho miedo de las historias que se contaban de Misiones. Por eso, cuando mi cuñado me recogió en la Estación de Francia, rápidamente me llevó a la parte de atrás y por ahí nos salimos directo al Somorrostro”.

Era el 28 de agosto de 1957. A sus 19 años, Antonio empezaba una nueva etapa en su vida. Compartía cuarto con cuatro primos pero en aquella barraca se contabilizaban unas quince personas: “Todo el que podía alquilaba para ganarse unas pelas, porque no había dinero”.

Su cuñado le había conseguido trabajo en la fábrica de curtidos en la que trabajaba, pero lo que ganaba apenas le permitía pagar el cuarto y la comida, así que decidió buscar otra cosa.

Sólo había tenido experiencia como pastor de ovejas en su pueblo, pero aún así lo contrataron como albañil. “Durante tres años aprendí mucho y luego me pasé a la fábrica del gas, donde ganaba más pero había que quemarse hasta los hígados. Otros tres años y volví a la construcción que ha sido mi vida desde entonces. Siempre en Barcelona y durante 32 años como autónomo. “

Al trabajo nunca le huyó, pero la vivienda estable se le resistía. Después de compartir habitación con sus primos, se fue a casa de una tía y luego con unos amigos, hasta que se casó: “en ese momento me fui a Selva de Mar y hasta el día de hoy”.

Antonio es consciente de que ha hecho gran parte de su vida en Barcelona pero le duele viajar a su pueblo y que lo consideren forastero. “No soy de ninguna parte”, dice casi en un tono de conformidad. Y es que en el fondo sabe que no importa de dónde se sienta sino lo que ha logrado en la tierra en la que decidió quedarse. Desde que llegó ha ayudado a levantar, ladrillo a ladrillo, la Barcelona que hoy conocemos.