sábado, 29 de noviembre de 2014

EL HOMBRE DE LA VENTANA

Un hombre es llevado a la habitación de un hospital con los ojos vendados. Está muy disgustado. Más aún, está enfadado. Se queja amargamente de su caso, de su problema. Han tenido que practicarle una intervención y durante unos días no podrá ver. ¡Estará ciego! Oh, eso le parece muy duro, lo peor del mundo. Es como si le robaran unos días de su vida.
Cuando acaba de protestar, la enfermera le dice que a su lado hay otra cama con otro paciente. Después les deja solos. 

El ciego temporal le pregunta si también está en las mismas y su compañero le dice que no, que él se irá pronto y puede ver perfectamente. 

Entonces el ciego temporal le pide que le describa el entorno y el otro lo hace.

Hay una ventana. 

¿Y qué se ve por ella?, pregunta el ciego temporal.

Un parque lleno de niños, con sus madres, muchos árboles, parejas que pasean y se arrullan, hombres y mujeres con sus perros, palomas, responde su nuevo amigo.

¡Oh, cuente, cuente, no ahorre detalles!, le pide el ciego temporal.

Y así es como no sólo ese día, sino los siguientes, su compañero de habitación le cuenta todo lo que él ve por la ventana, y con minuciosidad, cómo visten las mamás, a qué juegan los pequeños, que parejas parecen más felices... Todo. Casi hora tras hora. Todo. En la habitación sólo se oye su voz. Día tras día.

Hasta que llega el momento en que al ciego temporal se lo llevan para quitarle las vendas. El hombre abre los ojos y se siente exultante. ¡Ya puede ver! ¡Es feliz!. Se va a su casa, regresa a los dos días para una revisión, y entonces se le ocurre ir a la habitación para ver a su compañero y darle las gracias. Pero en la habitación no hay nadie.

¿Y el paciente que estaba en esta cama?, le pregunta a la enfermera.
Murió ayer, dice ella.

¿Cómo es posible?, se queda sorprendido el que fuera ciego temporal, si me dijo que se iría pronto.

Así es, responde la mujer, tenía una enfermedad terminal y le quedaba muy poco.

Y mientras la enfermera le revela esto, el hombre mira la ventana y se da cuenta de que al otro lado no hay nada, solo hay una asquerosa pared de ladrillos rojos y sucios.

La enfermera le indicó: Quizás solo quería animarle y compartir un poco de felicidad con usted.

El ciego temporal (el de los ojos vendados por la cirugía), el hombre cascarrabias y protestón, representa a nuestra sociedad insatisfecha y deseosa de saber un poco más de lo que ocurre a su alrededor, la ventana es la literatura y el hombre moribundo ciego de nacimiento pero todavía perspicaz y vivo es el equivalente a los miles de escritores que inventan, reinventan, cuentan, narran e imaginan el mundo a través de la ventana de sus libros.

Para algunos, la ventana da a un parque lleno de hombres, mujeres y niños reales. Para otros, la ventana da a mundos fantásticos en los que habitan niños magos, vampiros o monstruos. Para otros más, la ventana se asoma a tantos universos como se desee, porque hablamos sin duda del arma más poderosa que tiene el ser humano no sólo para soñar, sino también para comunicarse: la palabra escrita.

La literatura es un faro, una luz en la tiniebla. La juventud de hoy vive con prisa, el esfuerzo se anatemiza porque los medios audiovisuales han impuesto un tipo de éxito rápido basado en la estupidez humana. Mínimo esfuerzo para un triunfo inmediato y efímero. Leer cuesta demasiado y cuanto menos se lee, menos se entiende lo que se lee, algo que da una coartada directa al joven esclavo de sus vértigos. Leer les deprime.

Pero si el riesgo de crear historias desaparece o se censura y autocensura, a los que sí leen se les estará robando la posibilidad de entender mejor el mundo en el que viven y el que les espera. Necesitamos reír y llorar con los libros, soñar y evadirnos, pero también necesitamos de ellos para entender la vida, para entendernos a nosotros mismos, para ponernos a mover las neuronas aburridas, globalizadas o amodorradas por tanto ruido que nos impide escucharnos a nosotros mismos.

Es una tremenda satisfacción: el hacer felices a los demás, sea cual sea la propia situación. El dolor compartido es la mitad de pena, pero la felicidad, cuando se comparte, es doble.

Otras reflexiones relacionadas: